sábado, 17 de mayo de 2014

Adriana Brodsky

Me vine a enterar a los treinta años que había sido linda  cuando era chica. Cuando era adolescente, mucho peor!.  Los varones más cercanos se habían hartado de decirme "gorda", "fea", "orejona". Me la re creí. Estuve convencida de ello treinta años de mi vida. Me vine a desayunar de que estaba equivocada a la mayor distancia posible. La distancia era histórica y geográfica. Me enteré cuando ya había perdido eso que se considera belleza: la soledad me había traído muchos kilos más y un largo noviazgo me había marcado la cara de dolor. Estaba también en el norte norte, muy lejos de todos los que posiblemente me hubiesen amado, aunque fuera como homenaje a mi pasado.
 Ayer me encontré con un amigo de la infancia de mi hermano. Me contó, me reveló que cuando íbamos al liceo, había dos hermanas con la que todos los varones soñaban (y sabemos aquí que soñaban es un eufemismo, posiblemente mojaran pañuelos, y no de lágrimas precisamente). Una de ellas era yo; de la otra no recordaba el nombre. Y yo tan ajena, tan pero tan ajena a eso.  Sufría porque era fea. Para resarcir esa fealdad, empecé a acostarme con pibes, siendo muy chica, para que no se me fueran. Se fueron igual. Y cada partida confirmaba cuán fea era. Fui creciendo y cada vez que alguien se interesaba en mí, yo devolvía ese gesto besándolo, con gratitud.
 Si hubiese sabido, si hubiese minimamente intuido que era un poco linda, lo habría bien aprovechado a mi favor. Yo, de diecisiete años encararía muchos más pibes, no me acostaría con ninguno, y los tendría siempre ahí, elegiría los buenos partidos, los que querrían mis padres, giles con autos y plata. No fue así, yo, diecisiete años, tras los pelagatos, los feos, los no exitosos.
Pienso que Adriana Brodsky no era ninguna tarada, pienso en la hijaputez del "maestro", y con él, en aquellos que "sólo te quieren coger". La bebota ya no es para mí una caricatura. No se si Olmedo lo habrá intuido. Pienso que a fuerza de repetir algo, a fuerza de  mucha gente repitiéndole algo a alguien, se va torciendo el destino de ese alguien. Pienso en las verdades creadas, que no son verdades en principio, pero luego se hacen tales. Y tan tales se vuelven que ayer, cuando sufrí la revelación, maldije los veinte años que me separaban del liceo.

sábado, 5 de abril de 2014

Vi la imagen de la muerte. La muerte es un jinete negro que sonríe mientras pasa al lado tuyo en un puente.
Estoy en el puente. Cruzarlo es la selva. No hay luna, no hay estrellas. Un caballo aparece en el otro extremo. Trae una luz encima. Al acercarse, la luz, permite que se recorte una figura que lo monta. Lleva sombrero llanero. Quedé pegada al puente, justo a la mitad. El caballo, en la noche, con el jinete de las sombras se acerca. Ahí la selva. Lento galopar al acecho. Siento miedo. Al llegar junto a mi, van desapareciendo las formas, la luz encandila, la figura humana se hace noche, se funde con el aire. Sólo logro ver la gran sonrisa blanca a modo de saludo. Supongo una mano que hace el gesto con el sombrero.
El caballo lento, negro, cruzó el puente.
Andrés Seoane también vio a través de su lente

miércoles, 12 de febrero de 2014

Dicen
que el abuelo estaba ahí parado
giró
para buscar una escoba
y cayó muerto
                     en el giro
         (cayó redondo)
yo se que era domingo.
Cuando el abuelo murió
era verano
             y domingo.
 Siempre el abuelo es verano para mí
-siempre domingo con sol-.

Pocas lluvias hay
 en mi verano con él
-lluvias de verano-.
 Nos mandaba tareas:
numerar las cuevas de los sapos
encontrar arañas
                         las más raras
(tuvimos una amarilla con dibujos
el abuelo nos premiaba
contando historias).

El abuelo nos llevaba a lo hondo.
Primero al nieto mayor
después a mí.
Nos adentraba en el agua
(la orilla era una sala de espera
con larga vistas y reloj de arena
mientras él se llevaba al otro
caminando adentro del mar
se hacían chiquitos
los perdía de vista).
 Hermano había visto un tiburón.
 Yo ansiaba
que volvieran.
 Y volvía
me tomaba de la mano
y me llevaba por el agua
a lo hondo.

 Después, de grandes
lo premiábamos a él
yo preguntaba:
-"Abuelo, ¿Cómo era Salto en Carnaval?"
y él contaba
ochenta años para atrás
cómo se perdía entre
faldas de señoras
con agua y serpentinas
y correteaba
 ese señor.

lunes, 3 de febrero de 2014

He dormido mi primera siesta ecuatoriana, Me levanto y siento que soy mi madre. El cuerpo, los huesos. Pienso en un poema de Irina que lo dice así, buscándose las analogias. Ya ni el cuerpo nos pertenece, nada es nuestro, todo es herencia. Lo nuestro es el armado. Cuerpo heredado que cruza kilómetros prestados.
Los kilómetros andados hoy, kilómetros de selva virgen, de selva indígena. La selva es de sí misma, no es de nadie. Muy menos mía; yo, gringa, debo pagar tres dólares por cruzarte, por andarte. Andamos, entonces, en selva virgen, con perra prestada, perra suya, autóctona misahualli. Pregunto si la perra es del pueblo, de la selva, de la costa, acaso. La perra es de un francés, se hizo extranjera, anda con un turistas. Transculturación, transculturación, transculturación dijo ayer Calitos -hijo estudiado de madre indígena que nos contaba las cervezas que tomábamaos: "Ia, Calitos, van ocho cervezas". Es seguro que mi madre, que viene de europeos, no sabe qué es la transculturación.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Encierro y movimiento. Paris- Toulousse

Y él, él que se ve que es como G., él tampoco puede dormir. Ella se duerme en su falda, y él lee- finge leer un absolutamente aburrido símil periódico con una publicidad de las que te dan en las estaciones. Yo lo vi mirar por el reflejo de la ventana. (Como quien mira hacia afuera pero en realidad mira aquello que la ventana refleja: lo que está al lado suyo.) Técnica usada hasta el hartazgo en el TGV, supongo que en salvaguarda de cierta fama de discreción francesa. Ocho y media de la mañana, despierta llorando el pequeño niño asiático. El primer ruido molesto de  este tren, de este vagón del tren. Niño lloraba y lloraba. Me pareció escuchar  que alguien dijo para sí, pero para la madre: "¡ Dele agua!". Padres asiáticos preocupados no saben qué hacer con niño que llora y llora y despierta a todo el tren que está ansioso por dormirse. El segundo ruido molesto fui yo. Este aparatito-del-demonio-portable-mascota-virtual-agenda sin querer comenzó a sonar, prácticamente en mis manos. Y yo durmiendo, durmiendo. Es que es una noche blanca. Y alguien interrumpió el sueño, la escena, mi creación, al decirme:  "C'est votre cette portable?" ( No, seguramente no fue eso lo que dijo, no importa qué haya dicho, importaba que me sacudiese). No recuerdo si hombre o mujer. Pero me dio verguenza. Y más cuando  advertí que éste G. medio italiano, medio flamenco (tal vez simplemente de Francia del Sur) me miraba con sus cuatro ojos de  persona-que-está-en-pareja.
 Es evidente que ese  pequeño niño nipón no conoce otra forma de comunicarse que no sea a través del quejido, el llanto o el semigrito. Y para vergüenza y deshonra de esos padres que no se, no se si al menos uno de ellos no se hará un harakiri algún día por no haber superado el mal rato de las vías de la France;  pasa un ejemplar padre modelo francés con su rubio hijo silencioso y bellísimo en brazos, dando  su paseo matinal de viernes, alardeando sus cuidados en la circulación  de sangre de sus piernas y la equidad de género. Y ese padre  camina una y otra vez por el pasillo del tren cual si fuese una pasarella, y todos lo miramos  y nos decimos para nosotros que qué bien, cómo ese niño no llora, en cambio el otro, el asiático...
                                                                                                                                                                                        //Los cementerios están a los bordes de las vías del tren para que al pasar éste, la gente tire una flor, y caiga al azar sobre cualquier tumba, y así creer en que la fortuna no sólo rige los hechos en la vida, si no que también después y uno puede soñar con ser un muerto con un golpe de suerte.//

domingo, 21 de julio de 2013

Vinieron mis mujeres
 ancestrales,
adultas.
Trajeron dos sofás,
  un mueble comprado en un remate,
   muchos frascos de vidrio,
    libros de Tío muerto,
 una colcha reversible que había sido de la abuela -materna.
Entraron todo.
 Primero miraron con curiosidad mis cosas.
 Las tocaron.
 Preguntaron qué y para qué.
Guardaba en un cajón bolsas
-de esas lindas
que guardamos
a veces
algunas mujeres-.
 Tía dijo: "Elegí tres. Las otras las tiramos".
 Elegí.
 Y también ponían dentro, para tirar:
una gabardina -reversible también-
(Gabardina dice madre, Trinchera dice Tía. Esta diferencia me sorprende. Levanto una ceja para mí.)
carteras no usadas,
una cortina.
Vacían mi cuarto para que yo lo llene de sus cosas.
 En mi cuarto, antes de su llegada,
 la basura eran papeles
 como este, con mis letras
pero recortados-descartados en pedacitos
perfectos cuadraditos del mismo tamaño, mi basura
con bic azul
también era mi basura
papeles de regalos
y entradas
y colillas de cigarro-
 Se fueron mis mujeres, tiraron la basura
padre las llevó.

 Salí al rato a la calle.
 Una alfombra de mis letras
 me guiaba el camino hacia la esquina.


martes, 9 de julio de 2013

Los dos teníamos lágrimas. Él por afuera.
Le cubrían el cuerpo.
Formaban el contorno de su enorme hermano muerto.
Yo besé una de ellas.
Yo vengo de la tristeza de las cosas.
 Él a todo lo cubre con su tristeza, suya, profunda,
que se le instaló un día de marzo
cuando alguien moría en el D.F.

sábado, 11 de mayo de 2013

Me dicen que soy buena lavando pisos
y no entienden que no
que no quiero serlo,
que prefiero ser buena amante
o excelente en el trazado de formas humanas.
 Soy muy buena lavando pisos
porque llevo en mi
el peso de generaciones y generaciones
de mujeres que sufrían.
Mujeres preparadas
para recibir palizas alcohólicas
                     sin protestar
y aguantar calladas
                   mordiéndose los labios
porque eso era un marido
                   y un padre
                   hasta un hermano
que hacía lo que tenía que hacer.
 Soy muy buena lavando pisos
porque no pude escapar a lo que se esperaba de mí
porque tenía ocho años cuando me dijeron
-vení, mirá, así se lava un piso
y yo recuerdo de eso
las venas azules de la mano de mi madre
a punto de explotar
                   como cadenas
   (pero al revés)
cuando retorcían el paño
como si en cada vuelta que se le daba
se estrangulara a un hombre
como si fuera una carrera hacia un orgasmo.
Capaz que era un orgasmo
 ver el piso así tan limpio.
    Ver sudar a ese trapo
      su jugo gris
        agua de mugre.
 Pasar una y otra vez la escoba
 -que no lampazo-
desdentada y el trapo abajo
como queriendo borrar los dibujos de las baldosas
 el destino.
Y yo miraba
los ojos de ocho años seguían el  movimiento
la piel sentía el sufrimiento
aprendía que cuando se hiciera eso
se debía sufrir
putear entredientes.
 Soy muy buena lavando pisos
y no quisiera
quisiera hacer así nomás
pasar la mery como en la tele, y sonreír
sin inclinarme
sin partir el lomo
y que  el piso no importe.
 Pero es más difícil sacarse los sueños propios
 que los sueños que los otros pusieron en mí.

viernes, 26 de abril de 2013

Más que ventana, quisiera tener alféizar. Todas las palabras que con él están vinculadas son bellas. Por ejemplo: el alféizar tiene un vierteaguas, podría ser allí donde yo coloque mis geranios. Si no tiene vierteaguas se produce la estanqueidad, que es un estado al que no me gustaría suscribirme, que yo me imagino de humedad y silencio. El agua corre y penetra por las jambas del hueco, que debe ser lo más lindo de sentir. Cuando el agua corre, todo por adentro, inicia la carrera hacia el goterón, y allí se comunica con el afuera. Para los arquitectos el diseño del alféizar es uno de los puntos más delicados,  en ese dibujo radica  el arte de la proyectación.
Si yo fuera un objeto quisiera que me llamaran alféizar, estar hecha de formas redondeadas y esconder arabescos en los rincones,  que la gente pasara por la vereda y dijera, "qué lindo alféizar tiene la casa de Tal".
 No entiendo porqué alféizar es  sustantivo masculino.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Literatura fantástica:
 Conseguí una foto que muestra cómo seré dentro de cuarenta años.

martes, 4 de diciembre de 2012

    Ir así tan a tientas
    tan sin verte
    tan con miedo.
    Soy afortunada si nos volvemos a encontrar
    si dormimos un día o dos
    sólo para que llores
    que me perdiste.

Él venía de un boliche
             de cantar tangos
Ella olvidaba tangos
             en los boliches
En el semáforo se cruzaron
Ella lo durmió con la mirada
Y él le secuestró el adiós.

 Nunca más se vieron.

Las cajas de corbatas

A las cajas de corbatas les sobran los empleados que las venden.
 Las cajas son simpáticas, pintadas de rayitas o lunares.
 A las cajas de corbatas les sobran las corbatas, porque las cajas en sí son un regalo para guardar otros regalos.
Los hombres que reciben las cajas de corbatas nunca las aprecian: se interesan por las corbatas, su dibujo o la procedencia de la seda. Van a las fiestas con las corbatas, halagan el buen gusto de su mujer -los hombres nunca regalan corbatas- y olvidan a la caja, lo femenino, el móvil que ha logrado que hayan sido compradas esas cintas para atar el cuello.
 Las mujeres que regalan corbatas lo hacen por la caja, para luego poder guardar ahí las cartas de su infancia, de los novios, o las fotos en las que aparecen casi anónimas, inexistentes, las corbatas.

Declaración de principios.

En la mordida me encuentro con la entraña del animal. Mis dientes separan la fibra, mi lengua la mueve, la palpa. El asco es inmediato.
 Entonces, no. Prefiero la legumbre.
 
Poemas de Perogrullo, I


Los niños de la calle
no viven en otro lado
porque viven ahí
     en la calle.
No porque quieran
                           no.
Si no porque no tienen
otro sitio adonde ir.
Ellos piden plata
            porque no tienen.
No van a la escuela
   no están en la lista
      no les ponen pruebas
         no están alfabetizados.
Son bastante libres
porque nadie los controla.
 quieren salir de ahí
-no pueden, ya están afuera-
           no sabemos
nunca nadie les preguntó
o lo hubieran dicho
 a su maestra
        si la hubieran tenido
o a nosotros mismos
         si les hubiésemos preguntado.
 Como no hablan
 son mudos.

martes, 25 de septiembre de 2012


Estoy llena de tristeza
La tengo atrás de la garganta, de los ojos, y de la nariz
Está ahí trancada.
 También la tengo mucho en las yemas de los dedos.
 Mis dedos agarran el manillar de mi bici,
Y la bici, claro, se llena de tristeza.
 Y las ruedas no pueden ir derechas.
 Y la calle se llena de espinas que quieren pinchar a las ruedas.
 Trato de que suba la tristeza, de que no se vaya
Me puede provocar un accidente
 Y no me deja ver, porque se acumula en los ojos
 Y me los limpio con las manos pero me queda toda llena de agua de tristeza la cara.
 Paro en un semáforo.
 Trato de no mirarlo
 Qué culpa tiene la ciudad.

 Hoy hice una receta nueva.
 Pan de atún.
 Lo hice con mis manos.
 Quedó tan rico
              Tan rico
Que  cuando lo comí
 Se encontró con la garganta
Y lo que hay detrás de la nariz
 Y de los ojos.
 Y no lo podía comer
 De rico y de triste que estaba.
Porque no quería cocinar para mi sola


sábado, 22 de septiembre de 2012

Llevamos doce horas de viaje. Emprender el viaje de regreso debía significar empezar a llegar. Pero este viaje es congelarse en el tiempo de las carreteras oscuras, iguales todos los caminos a las tres de la mañana.
Estoy dispuesta a creer que avanzamos porque tengo fe en la lógica. Del camino sólo veo arbustos, piedras, alguna casa suelta, salpicón de vida humana. Ya no están las estrellas en el cielo, se veía una vía láctea tan nítida hace unas horas.
 Mi ventana está mojada y se cuela el frío. Llevo puesto todo el abrigo que tengo. Sigue siendo enero. Al lado mío mi compañero duerme arrullado por un sobre de dormir. Las últimas palabras que me dirigió fueron cinco: "incapaz de tomar una decisión".
Quiero llegar y que haya sol.

jueves, 20 de septiembre de 2012

caminábamos y a veces se ocultaba el sol y a veces salía, y alternábamos entre la campera y el sudor.
Los niños son los que más miran. No esconden la curiosidad de ojos negros con grandes pestañas. Los padres ignoran al visitante, pueden seguir, prescinden; los niños se fascinan ante las mochilas escudriñan investigan con los ojos, buscan broches, hebillas, ríen ante las cosas que brillan o se mueven.
Yo miro las casas, el color, las verduras, las faldas de las cholitas, sus piernas, les aventuro edades que siempre equivoco. Veo si hay arrugas, la expresión que se forma entre los párpados, algo me dice quién es una niña todavía.
 Siento el calor en mi cuerpo, hay olores que me hacen fruncir la nariz, trato de no pisar el barro. No quiero que me ofrezcan cosas, no quiero decir no.
 No se qué mira él. Bucea por otros ríos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

 de Uyuni a Oruro: un duelo de sombras entre la luna y las nubes.
 Ganó la luna.
 Todo el viaje al lado mío en la ventanilla.

martes, 11 de septiembre de 2012

 Es una carretera larga y gigante. Pude dormir dos horas, pese a  las sacudidas del ómnibus. En mi sueño íbamos en un ómnibus con mucha gente, pasábamos cerca de lo del fábula, pero demoraba y demoraba, y no llegábamos. En un momento subía mi prima Maru, que hacía mucho tiempo no viajaba en ómnibus.
Diego le ofrecía a un pibe hojas de coca, y éste abusaba y agarraba muchas más de las que necesitaba. Cuando me desperté, inmediatamente después, Diego pasaba las hojas de coca entre los pasajeros del autobús. Maru no estaba.