Llevamos doce horas de viaje. Emprender el viaje de regreso debía significar empezar a llegar. Pero este viaje es congelarse en el tiempo de las carreteras oscuras, iguales todos los caminos a las tres de la mañana.
Estoy dispuesta a creer que avanzamos porque tengo fe en la lógica. Del camino sólo veo arbustos, piedras, alguna casa suelta, salpicón de vida humana. Ya no están las estrellas en el cielo, se veía una vía láctea tan nítida hace unas horas.
Mi ventana está mojada y se cuela el frío. Llevo puesto todo el abrigo que tengo. Sigue siendo enero. Al lado mío mi compañero duerme arrullado por un sobre de dormir. Las últimas palabras que me dirigió fueron cinco: "incapaz de tomar una decisión".
Quiero llegar y que haya sol.
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