Me dicen que soy buena lavando pisos
y no entienden que no
que no quiero serlo,
que prefiero ser buena amante
o excelente en el trazado de formas humanas.
Soy muy buena lavando pisos
porque llevo en mi
el peso de generaciones y generaciones
de mujeres que sufrían.
Mujeres preparadas
para recibir palizas alcohólicas
sin protestar
y aguantar calladas
mordiéndose los labios
porque eso era un marido
y un padre
hasta un hermano
que hacía lo que tenía que hacer.
Soy muy buena lavando pisos
porque no pude escapar a lo que se esperaba de mí
porque tenía ocho años cuando me dijeron
-vení, mirá, así se lava un piso
y yo recuerdo de eso
las venas azules de la mano de mi madre
a punto de explotar
como cadenas
(pero al revés)
cuando retorcían el paño
como si en cada vuelta que se le daba
se estrangulara a un hombre
como si fuera una carrera hacia un orgasmo.
Capaz que era un orgasmo
ver el piso así tan limpio.
Ver sudar a ese trapo
su jugo gris
agua de mugre.
Pasar una y otra vez la escoba
-que no lampazo-
desdentada y el trapo abajo
como queriendo borrar los dibujos de las baldosas
el destino.
Y yo miraba
los ojos de ocho años seguían el movimiento
la piel sentía el sufrimiento
aprendía que cuando se hiciera eso
se debía sufrir
putear entredientes.
Soy muy buena lavando pisos
y no quisiera
quisiera hacer así nomás
pasar la mery como en la tele, y sonreír
sin inclinarme
sin partir el lomo
y que el piso no importe.
Pero es más difícil sacarse los sueños propios
que los sueños que los otros pusieron en mí.
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