Me desperté de un sueño. Era el día de las elecciones; domingo, por ende. Yo había visto votar a todo el mundo, tía Susana, mis padres, hermanos. Yo me había dejado estar... esas cosas. Sabía que era tarde y me quedaba poco. Podía ser hasta las siete de la tarde -creía yo- que uno votara. Cerca de siete menos cinco fui corriendo (yo estaba en Rivera Indarte, atravesaba el jardín del 38, bajaba las escaleras, corría hasta el circuito que era en el frente -entonces baldío-de la casa de Silvana).
Había cuatro mesas. Tres personas esperaban ser atendidas; cuatro lugares vacíos del otro lado de las mesas, no había funcionarios. Yo llegué gritando "Nooooo, Nooo, por favoor quiero votaaar! por favor, por favor, por favor". Había algo de llanto en mis gritos, lo sentía en la garganta trancada. Los tres hombres que esperaban su turno me miraban (parecían el mismo hombre, de gris, visto tres veces) con calma.
Vino el funcionario, tomó mi credencial y voté.
Voté en blanco.
Entonces supe que ya me podía despertar.
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