Charles de Gaulle. Recordar: Un pibe-que-te-quiere-ganar, es un pibe-que-te-quiere-ganar siempre, en cualquier parte del mundo. Lo vi al coreano. Suponiendo que era coreano. Pasó una dos, tres, dieciséis veces al lado mío. Yo leía a Onetti, Las máscaras del amor (una selección de Rodriguez Monegal sobre las mujeres, algunas de las mujeres que son la mujer, que encarnan el amor).
Él pasaba, me miraba de reojo, llevaba algo en la mano. Yo lo podía sentir a mis espaldas cuando se aproximaba - llevaba uno de esos pantalones de tela fina que se rozan al caminar produciendo un sonido - ya a esa altura y en la soledad de la noche- inconfundible. Lo de la mano era como una tarjeta, pero en alguna de sus pasadas me pareció algo metálico y circular. Bruce Lee?.
Debió haber notado mi cambio de posición: apoyé el barzo derecho sobre la mochila, cuidando a la vez la cartera. Continué leyendo, pero no tan absorbida en la lectura. Estaba ahora en el capítulo de la Queca (había comenzado a sentirlo ya en Elena) y los primeros párrafos me dieron trabajo.
Volvió a pasar, salía por la puerta 7, y entraba por la 6. Una y otra vez. Resolví pararme. Sabía que cuando él doblaba hacia la puerta 7 me miraba, pretendiendo ser cauteloso. Lo esperé hasta que entrara de nuevo por la 6. Nos miramos, lo miré. Caminó y justo antes de que un cartel le tapara mi vista, volvió la cabeza, para echarme una última mirada. Supe que me tenía que ir de ahí.
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